El amanecer en un coche negro

Siempre nos gustó el sexo en los asientos traseros de nuestro coche… Habíamos estado toda la noche de copa y cuando volvíamos a casa decidiste que nos perdiéramos por una llanura que conocías bien y contemplar el amanecer desde allí.
Tus ojos destilaban vicio y mis piernas se iban abriendo, jugueteando a provocar tus más bajos instintos. Frenaste el coche y fuimos ágiles pasando a la parte trasera y desnudándonos ávidos de placer. Nuestro sexo empañó pronto los cristales y el placer se fue expresando en pequeños instantes llenos de morbo. Me susurraste:”Nena, hazme esa postura tuya que tanto me gusta, que quiero hacerte mía…” Y yo sabía perfectamente lo que me estabas pidiendo, que me sentara a cuclillas sobre ti, que me hundiera sobre tu dureza. Me aferre a tu pene y me lo clavé, como si fuera una palanca de cambios, leal a mis devaneos y movimientos a veces desmelenados. Tú te agarraste al reposacabezas y haciendo fuerza me elevabas, ofreciéndome un único recorrido para nuestro placer, clavarme tu polla una y otra vez…Y nos mirábamos a unos centímetros, cómplices en la noche, y en el asiento trasero de nuestro coche. Y justo ahí tu mirada me desarmo y sentí tu aliento cálido y nos gozabamos, el uno al otro. Nos besábamos, nos lamíamos, fuimos lascivos y la música de la vieja emisora del coche envolvía todo y marcaba el ritmo de nuestro sexo. Solo éramos tú y yo, perdidos en la nada, en el albor del amanecer, jadeos y gritos y tu sonriendo porque sabes que nadie nos escuchara. Me embestías con fuerza y yo recibía cada uno de tus movimientos, comenzaste a morder mi barbilla, devoré tu boca y dejamos que fueran nuestras lenguas las que hablaran de vicio y perdición…Gritamos, te derramaste en mi interior mientras yo temblaba estremecida sobre tu cuerpo. Me separé de ti, haciéndome a un lado , aún jadeante y tu provocador como siempre, me invitaste a salir del coche, apenas vestidos, y apoyados en el capo me prendiste un cigarro, paladeando este momento juntos, humo, vicio, sexo, amanecer y el frío de la noche que nos abandonaba, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. El amanecer nos alcanza …besándonos.

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