Par et pour vous, rêveur

Y ahora lo pienso, qué difícil era ser tú teniéndome enfrente. Y cuando lo pienso recuerdo el aroma de esa croissanteria cercana a tu ático. Ese embriagador aroma de cada mañana que a veces adornábamos con bollos en nuestra cama.

Era la rue De la Paix, curioso nombre para esa calle donde estaba tu pequeño estudio, para ese pequeño ático que tantas guerras vio deshacer entre tus sábanas y nuestros cuerpos. Y cómo me costaba pronunciar “la paix”, reías viéndome poner morritos mientras preguntaba por la calle como llegar a nuestro escondite de de piel y sudor; te divertía ponerme esas pequeñas pruebas, “tienes que aprender francés, nena”, decías y yo, yo te odiaba. Pero siempre de una forma u otra acabábamos llegando a ese rinconcito desde donde París se paraba y brillaba, era nuestro París. Y las escaleras de madera eran la cómplices de que tu mano jugara por debajo de la camiseta, me fuera quitando ese pañuelo de tardes primaverales, desatando la el vaquero y llegar mojando la braga a umbral de nuestro palacio de apenas treinta y ocho metros cuadrados.

Entrar en nuestro hogar, en nuestro París, era el caos de pinceles, libros, bragas de encaje, olor a café, humo, humo denso, y un rayo de luz incesante entrando por la pequeña ventana. Nadie nunca venía allí, porque era nuestro, porque no lo compartíamos, porque yo era tu pequeña pintura y tu mi pincel y no hacía falta más.

De ti aprendí esa excentricidad del que cree crear pero no crea y mientras lo cree es libre de alma. Y también de ti aprendí a leer silencios, haciendo míos los momentos.

Y contigo me abrí de piernas como la puta que hubieras pagado y mimé tu piel como la niña que se marchó dejando todo por ti. Y conmigo, a pesar de tu edad, conociste el infierno del cielo de la entrepierna de una mujer que no te ama, te venera. Y así me enseñaste a ser lo que soy, la puta digna que camina, haciendo que habla francés, manchando algún cuello de pintalabios fucsia, y arrastrando alguna letra como si algún día hubiera mamado una polla francesa.

Y ahora lo pienso, y es inevitable no pensarlo, ni pensarte. A tu lado aprendí a posar quieta y callada, a leer mil letras que nunca hubiera descubierto, y a disfrutar la música de los clásicos en francés. A mi lado aprendiste a escuchar mi carcajada y mi joven desaire de moral distraída, a despeinarte cada mañana y besarnos en las esquinas.

Y nadie, salvo tú, nos hubiera robado este sueño, nadie. Nadie me hubiera desarraigado de tus brazos salvo tu soberbio orgullo. Y allí plantado, en nuestro palacio, nuestro París, tu ático, me dijiste que me fuera, que tenía mucho que vivir. Cerrabas la puerta a una mujer, que todavía creía ser una niña. Sólo me pediste que nunca dejara de amar el arte en cualquiera de sus formas y que recordara sus pequeñas lecciones, mientras me dabas un billete de avión de vuelta a casa. Pero en ese momento mi casa eras tú, ahora lo entiendo, mi casa es cada palabra, cada sonrisa, cada detalle pequeño de la vida.

Cuando pasaron los años, alguien me dijo que habías enfermado poco después de irme de París, que tu hija te llevó a su casa y te cuido durante los últimos días de tu vida. Nadie pudo avisarme de nada, nunca fuiste amigo de móviles, mails ni ninguna clase de nueva tecnología. No quería creerlo, no quería que me faltaras aún no estando. Pocos días después recibí un sobre con dirección de la capital francesa. Abrirlo era decir adiós a una etapa o quizás no, pero debía hacerlo. Dentro del sobre una carta manuscrita por ti, de la que nunca hablaré, porque es nuestra y es nuestro París; y un pequeño oleo de tu musa más joven, más puta y desnuda frente a tu lienzo en blanco, y una frase, nuestra frase, “Mademoiselle, est venu à Paris pour rêver.” y ahora, ahora sueño con nuestro París viviéndonos en mí.

Par et pour vous, rêveur

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *