Cuentos de Princesas Putas y Juglares Aburridos

Érase una vez un princesa, pero no una cualquiera, una princesa puta sin bragas ni corona, que vivía rodeada de los que ella creía príncipes azules. Algunos eran altos, con ojos oscuros y brazos fuertes, otros eran enigmáticos y educados, y algunos otros más eran excitantes rozando lo morboso.
Y así pasaba los días la puta princesa, en un baile continuo de máscaras cada noche, porque más de uno de esos príncipes canallas se convertía fácilmente en sapo despúes de un lametazo en la bragueta. Precisamente por esas cosas la princesa a pesar de puta descartó la idea de encontrar un príncipe entre tal fauna y se limitó a besar a sapos que llevaba noche tras noche a su cama. Demasiado sabía ella ya que entre todas esas palabras de un pseudo príncipe bajo sus sábanas no quedaría nada a la mañana siguiente, como cuando Cenicienta se queda sin calabaza a las doce de la noche. De más de uno de ellos no se acordaba ni de su nombre cuando se marchaba, ni falta que hacía, mañana tendría un sustituto perfecto para un amante con billete de ida y vuelta en tren expresso y clase turista.

En la cama de la princesa nunca había desayunos ni innecesarios “te quieros”. Y la vida continuaba entre la frivolidad, el coqueteo y la seducción, puesta en escena más que suficiente para la conquista de una noche cualquiera. Entre tanto baile, tanta noche, tanto humo y cervezas con letras nunca dejó de estar presente un humilde juglar de sonrisa eterna, que a veces se acercaba hasta la puerta del baile de la princesa. Le bastaba escuchar la música que ella había elegido esa noche para intuir el estado de ánimo de la princesa. Era el único que siempre la preguntaba cómo estaba, cuáles eran sus sueños, qué color era su preferido.

Al principio y durante mucho tiempo la princesa ni siquiera lo miraba. Le parecía lo más aburrido del mundo y obviaba sus preguntas e intenciones de entablar una conversación, y por supuesto lo metía en ese saco de sapos disfrazados de príncipes azules, que se destién despues de una nohe de sábanas blanas y sexo sucio.

Pero afortunadamente el juglar sonriente era de esos que todavía perseguían sueños por lejanos que fueran o parecieran, y él tenía uno, la princesa. Fueron días y meses con sus mañanas, tardes y noches en la puerta de aquella princesa que a veces lo saludaba y tantas lo ignoró. Nunca se rindió porque en el fondo sabía que algún día llamaría la atención de ella.

-“¿Dulce o salado?”- dijo el juglar cuando una buena mañana la vio salir.

-“¿Dulce o salado el qué?” espetó la princesa.

-“El desayuno, lo prefieres ¿dulce o salado?”- aquella puta princesa quedó sorprendida con tan extraña pregunta y no pudo por más que esbozar una sonrisa.

Objetivo conseguido, el juglar había robado ya la primera sonrisa de aquella chica que perseguía. Y no sólo una sonrisa, poco a poco se fraguó una confianza en aquella relación. Fueron muchas las noches en las que la princesa buscaba la juglar para hablar, llorar, reír y soñar, dejando a un lado aquellos príncipes desteñidos. Hasta que por fin un día aquel juglar se decidió a llevarla con él.

-“Dame la mano, mañana te pondré el desayuno y si tu quieres hagamos que mi cafetera envejezca con nosotros.”

La princesa se fue de la mano de aquel juglar que resultó ser de verdad un príncipe que no desteñía, con castillo y desayunos dulces y salados. Y por primera vez sintió como un hombre la follaba haciéndola el amor. Y sintió que ya no era ni puta, ni princesa, que sólo deseaba ser la niña de sus ojitos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado y la princesa y el juglar han decidido envejecer juntos esa cafetera cada mañana, a falta de perdices…

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